Tratemos de organizarnos. Los malos recuerdos pueden emerger de varias y disímiles situaciones de nuestras vidas. Quizá la más traumática de ellas sea la muerte. “Quien tiene una correcta concepción de la muerte, puede comprender el sentido de la vida”. Acaso algunas personas acepten este postulado filosófico y se sientan aliviados ante ese momento. En otras el duelo se encarga de purificar el alma y de cerrar las heridas, el tiempo.
Detallar los malos recuerdos (presentes en toda la historia por ser propio de cada persona) es una empresa imposible. Achiquemos la brecha a un ejemplo humilde: “las disculpas no me cuesta aceptarlas, me cuesta saber perdonar. Y cuando perdono, no olvido”. ¿Cómo se sentirán estas personas? Conozco a varias (así) que viven aferradas a los malos momentos, cambiando su percepción de los mortales y violando el Mateo 19:19. ¿Me conozco?
Lejos parece haber quedado la idea del fatalismo cósmico donde cada ser humano tenía un destino prefijado, hermético, inviolable, algo que estaba aún por encima de los dioses.
Hoy podemos elegir nuestra propia aventura.
Lo candidato a volverse top gracias a la tecnología es la desaparición de los malos recuerdos. Santo remedio. Si sentimos culpa por algo del pasado y resulta eso una carga, lo podemos borrar. La memoria, acogedora universal de los recuerdos, sentencia: aprendemos, crecemos y mejoramos con los errores. Si los olvidamos, nuestra formación presente no tiene sustento.
¿Por qué querernos tan poco para borrar etapas de nuestras vidas? ¿Dónde quedaron los amantes del tango que tuvieron y perdieron, eternos capitanes de la nostalgia y enamorados del recuerdo?
Que perduren los malos recuerdos, el tiempo se va a encargar de purificarlos.
Mejor, borremos los malos pensamientos.
>>En base a la siguiente nota que publicó El País
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por Iván Bassi


muy bueno!