Atmósfera indefinida

Categoría : Enfoques

Mirar y observar no son lo mismo. Mirar implica un proceso de dirigir la mirada a un objeto o sujeto en tanto ente que se presenta ante nosotros. Observar es algo más complejo, más profundo: implica detener el paso del tiempo para juzgar y analizar lo que tenemos frente, apropiándolo en cierto sentido.

El observar permite que generemos en nosotros un fenómeno que nos perturba, que no lo queremos, pero que sucede de manera casi inseparable al momento en que nos detenemos a reparar sobre un hecho, movimiento o espacio. Lo que se genera, muchas veces sucede luego de observar, a veces durante la observación, y ocasionalmente antes de reparar sobre ese ente, negándonos a la reflexión.
El hecho al que me refiero es el extrañamiento: el entrar en una crisis de indeterminación que flaquea toda certeza, exactitud y experiencia. ¿Qué vemos cuando nos detenemos sobre la orilla de un mar que nos envuelve con su oleaje bestial? ¿Qué nos dicen los ojos de la persona que tenemos a 20 centímetros? Al mirarnos en el espejo antes de salir de casa, ¿nos fijamos sólo en el vestuario o también en si nuestra aura está o no brillante?
Indefectiblemente, todo extrañamiento conlleva a un estado de vacío y de desidentificación. Crea, para el sujeto, un sentimiento imposible de referir y evidenciar mediante el lenguaje, incapaz de ser representado, simbolizado, comunicado.

Este camino -en cierto aspecto doloroso- de indeterminación y bifurcación sucede cuando tenemos una apertura mental que nos incita a no quedarnos con lo aparente. Las fisuras de lo ilusorio dominan y doblegan a quienes se suben a un tren que viaja hacia la introspección.

Lo que se nos presenta como indefinido nos incita y nos inquieta porque es desconocido e inabarcable, por más simple que parezca su materialidad. La esencia esta esperándonos a que nos quedemos perplejos y atónitos. Las cosas simples y las personas que contactamos a diario suelen ser las que no pueden definirse de modo claro y limitado.

Julio Cortázar escribió en su libro “La vuelta al día en ochenta mundos”: “…si viviendo no alcanzo a disimular una participación parcial en mi circunstancia, en cambio no puedo negarla en lo que escribo puesto que precisamente escribo por no estar o estar a medias. Escribo por falencia, por descolocación; y como escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles tienen frutos que son, por supuesto, piedras preciosas”.

Nos comunicamos por querer remediar esa mediocridad; una parcialidad que parte de nosotros mismos, de no poder abordarnos de modo totalizador. Cuán difícil es poder hablarnos a nosotros mismos, comunicarnos con nuestra esencia. Sólo generamos accidentes, los cuales, paradójicamente, no existirían sin ésta esencia. Somos grieta que desangra por no poder cerrar heridas; somos agujeros negros y ciegos que esperan ser observados por otros. Algunos con más predisposición, otros con miedo a ser analizados. Entre medio, la comunicación, oral o escrita, entre un ser observado y otro observador.

Entramos en un espiral donde todo se conjuga y subordina: los modos de asimilación y los medios de canalización no siempre convergen en poder desprendernos del extrañamiento que nos genera el contexto. Si escribir es una herramienta de erupción de interpretaciones producto de la observación, e interactuar con otro es el recurso para demostrarle qué nos genera su accionar, ¿qué connotación le daríamos a la omisión y al silencio?

El pianista canadiense, Glenn Herbert Gould dijo: “El aislamiento es un compañero indispensable de la felicidad humana”.  Yo creo que el aislamiento es necesario, en parte, para poder retrotraernos al proceso de extrañamiento. No tomándolo a este encierro como una molestia, sino como un desafío de ser, de cuestionarse, de reencontrar/reencontrarse.

Las mentes inconmovibles y pétreas están cada vez más flotando en el ambiente. Desconocen lo otro, no se animan a lo incierto, no se atreven a traicionar lo determinado para animarse a la significación.

Si este transcurso lento, continuo y esforzado hacia el develamiento de lo extraño implica una cuota de conflicto e intolerancia para llegar a las aguas de la reconformación, propongo aferrarnos al sentimiento de lucha y conquista. Recomenzar cada vez desde las bases, sin adicionales, para abordar al otro/lo otro sin determinaciones.

Rompamos los cristales de asociaciones automáticas. Están sucias, empolvadas, opacadas. Lo indeterminado siempre está, siempre late, siempre nos espera para batirnos a duelo.


por Melina Díaz

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