El Trieb personal, impulso de representación

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Categoría : Enfoques, General

“Ensayamos diariamente los rituales de la conformidad, a través de la vestimenta, el gesto, la mirada y la interacción verbal dentro del ámbito del lugar del trabajo, la escuela, la iglesia, la oficina de gobierno. Pero la repetición no es nunca exacta; los individuos, especialmente aquellos que albergan el deseo de desidentificar o `transgredir´, no fracasan en repetir, sino que `fracasan en repetir fielmente´”.
“El recurso de la cultura en la era global” George Yúdice (2002)

Las prácticas personales de resistencia brotan de manera innata como si fuera algo esencial e incluso, algo taxativo en el hombre. Desde el estado prepolítico o estado de naturaleza -definido así por los iusnaturalistas-, el ser está inmerso en la subversión y la aversión. Pasando a un estado civil, social y político, pretendía eliminar el riesgo de que la naturaleza humana fuera corrompida. El pacto -o contrato- era el medio para lograr el fin deseado: alcanzar una convivencia pacífica y normada, eliminando el riesgo al salvajismo y el peligro extremo de muerte.

Acompaña a la resistencia humana la capacidad de em-poder-amiento. Una disposición que brinda un margen de acción intersubjetivo, no alineado a las pautas estancas de convivencia y asimilación de contenidos.

Esto es lo que yo denomino el carácter preformativo que subyace en toda sustancia humana: un arma indefinida que requiere habilidad y complacencia, pero también, respeto y moral.

El filósofo británico John Austin, denominó como preformativo a aquel enunciado ilocutivo que no tiene un valor constatativo determinado por la verdad o la falsedad, sino un efecto abocado al éxito o el fracaso. El preformativo “no consiste, o no consiste meramente, en decir algo, sino en hacer algo”.

Esta matriz productora de subjetividad se nutre de lo anímico y personal. Una disposición inteligible que brota desde dentro para cuestionar las nociones que se dan como supuestas y esenciales. El poder de iterabilidad que radica en nosotros, consiste en repetir ad infintum cuestiones que se nos presentan, pero que desplazamos con nuestra reiteración. Generamos la potencialidad de devenir otra cosa.

Incluso, la polisemia o generación de múltiples significados queda opacada por la fuerza del esparcimiento, la cuál tomamos como juego. El habla y la escritura quedan prescindidas al contexto; enojándose el historicismo, debilitándose la temporalidad, destruyéndose la diacronía.

Fracasan las convenciones, se rompen los intentos de ataduras y de interpretaciones estancas. Es imposible que las cadenas de asociaciones y de significados-significantes se perpetúen de modo cristalino e impasible. La identidad inmutable y la transmisión inquebrantable flaquean al tener como base a sujetos que asimilan la realidad según sus propios crisoles.

Inmersos en una concepción extremadamente liberalista, lo normativo queda sólo como una convención ideal e inacabada que se ausenta y se pierde en medio de tanta contingencia. Lo constante, es hoy, la posibilidad del suceder. La capacidad de re-alizar/alzar una realidad. Orígenes multifacéticos que se desprenden de su raíz desde el momento mismo de nacer.

La performatividad no sólo está en el discurso. Se presenta en la relación intensa y cotidiana. Una mezcla de “diversos yo” que influyen y predisponen al resto.

Judith Butler, filósofa post-estructuralista, dijo al respecto: “La performatividad es una esfera en la que el poder actúa como discurso”.

Hay varías cuestiones que se desprenden de dicha cita, pero la central es referirse primero al poder y luego al discurso –lo cual, dista mucho de ser una mera casualidad-. El poder queda en un escalón de preponderancia, como dominante. Poder como causa y como efecto. Intensión de generar y perpetuar el poder tiene todo discurso. Genera –y mantiene- poder quien puede exteriorizar sus paradigmas o modos de entender la realidad.

Se genera un artificio discursivo y una construcción de vínculos pseudo afectivos. La no consciencia de ello, permite que el carácter performativo avance por la canaleta del exabrupto. Esto quiere decir, en reducidas palabras, que la riqueza del poder “realizativo y realzativo” que poseen la lengua, el habla y las conductas humanas, corren el riesgo de convertirse en aquello que tanto aborrecen: un exceso de plurimorfismos, en los cuales la no-figura se tiñe de absoluto, al punto de canalizar en el absurdo.

El eterno retorno, distorsionado, busca provecho propio en detrimento del otro. En medio de ello, se acrecienta el no entendimiento entre las partes que contribuyen al todo. Una masa que carece de integridad, ya que las performatividades individuales chocan entre sí, generando un efecto de extrañamiento y anomia.

Paradoja de la fuerza prelocucionaria. Decir o hacer algo produce efectos en el pensar y/o accionar de quien recibe, expectante, nuestros entramados hechos sobre el tapiz etnográfico.

Los medios de comunicación y las herramientas o instituciones estatales –entre otros- son conscientes de ello y obran en consecuencia. Buscan los modos de re-significar tiempo y espacio para mantener la calma, el bendito status quo. Este intento de funcionalismo es un mero simplismo, que tambalea cuando las partes integrantes del todo  -el ser presocial de Rousseau o el proletariado de Marx, lo mismo da- buscan hacerse participes y activos. No nos olvidemos que ellos son la base de la estructura piramidal. Como todo sistema jerárquico, el armazón puede recurrir a su tan antigua práctica personal de resistencia y desestabilizar todo el sistema.

La performatividad, como arma personal, es mágica, motivadora, atemporal. Mas no es perecedera: subyace y espera operar para defender a su sustancia, gracias a la cuál, es accidente.


por Melina Díaz

Comentarios(1)

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