La mentira que subyace a la (no)expresión

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Categoría : Enfoques, General

“Creer que la propia visión de la realidad es la realidad misma, es una peligrosa ilusión, pero se hace aún más peligrosa si se la vincula a la misión mesiánica de sentirse en la obligación de explicar y organizar el mundo de acuerdo con ella, sin que importe que el mundo lo quiera o no. La negativa a plegarse a una determinada visión de la realidad (a una ideología, por ejemplo), la ‘osadía’ de pretender atenerse a la propia visión del mundo y de querer ser feliz a su propia manera, es tachada de think crime, de crimen del pensamiento”.
Paul Watzlawick. “¿Es real la realidad?” (1979)

Es posible cerrarse a la comunicación. Desde que empezamos a socializar con nuestros semejantes adquirimos hábitos de desenvolvimiento y patrones de conducta. La familia, como primer ámbito de lo colectivo, nos inculca un modo de ser y de accionar. Sin embargo, cuando crecemos, podemos entrar en un período de crisis de lo aprendido. La adolescencia, como puerta de entrada al mundo complejo de las relaciones interpersonales y de los roles profesionales,  potencia ese espíritu rebelde que desestabiliza nuestra propia identidad, y muchas veces la de quienes nos rodean.

Se arrastra de modo latente una capacidad de cerrarse al otro, incluso a uno mismo. Este ensimismamiento, implica negar quién somos, para poner nuestras fuerzas en crear un personaje. Esta acción implica un transcurso arduo, molesto, penoso, pero muchas veces calificado como “necesario” para hacernos respetar, para no sufrir, para no ser afectados por lo que nos rodea. Un intento constante de ser independiente, de subyacer a cualquier fenómeno que se presenta de modo inherente a nuestras intensiones.

Esta negación al mundo, es una privación al crecimiento. Nuestro cuerpo no puede desarrollarse; nuestra alma queda raquítica, nuestra esencia queda distorsionada, aletargada. Incapacidad de poder elevar al mundo y de enaltecernos nosotros. Desmayadas estarán nuestras herramientas en tanto nos aislemos ante todo aquello que nos está fuera, lo que no nos pertenece, pero que innegablemente necesitamos.

Obstruir el vínculo verbal y físico, implica delegar nuestros procederes al determinismo, cínico, prepotente y avasallador. Esto implica cosificarnos, convertirnos en un algo que espera ser movido por un ser imponente: una mano todopoderosa que nos mueva cual piezas de ajedrez. Ser sujeto-objeto de las circunstancias, que se mueve de modo inconsciente.

Sin embargo, creo que cerrarse a la comunicación como arma de defensa, no implica no comunicar.  Para Paul Watzlawick, “es imposible no comunicar” -”man kann nicht nicht kommunizieren”-.

Ponernos tapones en los oídos, vendarnos los ojos, atarnos las manos, crear un resfrío psíquico, cerrar con todas nuestras fuerzas la boca hasta tensionar la mandíbula. Todo ello es posible; dominamos nuestro cuerpo y podemos, por tanto, amputarlo. Sin embargo, todo ello unificado, potencia un estado de opresión generado desde nosotros. Ello, comunica con una intensidad mayor: algo no anda bien. Intentar no comunicar, anuncia y significa aún más. Un abanico de interpretaciones en el que el intento de negarse a comunicar se convierte en un caudal mayor de datos y mensajes.

La comunicación rol a rol es uno de estos “caminos cosificadores”. Se es y se comunica primero desde el rol o función social a desempeñar, no desde la esencia personal. Se impone una figura enaltecida e inquebrantable que “debe” mostrar su superioridad y sus cualidades. ¿Y las entrañas? ¿Dónde queda nuestro sentimiento, nuestro impulso?

Intentar no vincularnos es, trivializar la relación y empobrecernos. Rebajamos a quien nos acompaña, minimizamos el contexto, quitamos intensidad y profundidad al acto de ser, movimiento y potencia.

Vanamente nos cegamos ante el mágico universo que está esperándonos. De ello, a elegir no-ser hay un solo paso. Se da una muerte a todo tipo de canales y medios para realizarnos.

“Una manera laboriosa de no ser nada, es serlo todo; de no querer todo; de no querer nada, es quererlo todo”, decía el escritor suizo, Henry Amiel.

Solo se podría no-ser intentando ser omnipresente, abarcando todo: poseer el cosmos, dominar la realidad. Esto es imposible desde nuestra facultad absolutamente finita, limitada.

Adentrados en un mar de incongruencias y de intentos de no-ser, se termina siendo un intento fallido, un sujeto invalidado y descalificado. Es imposible no comportarse, porque el mero silencio o el letargo físico ya expresa un valor. La inactividad se torna actividad y la omisión se vuelve palabra omitida, pero significante.

La comunicación implica una conversión, y ésta remite a otro que nos analiza e interpreta. Todo lo que el hombre conoce es porque existe; todo lo que el hombre desempeña es porque existe una realidad que le permite desenvolverse. Todo es algo. Nada es nada.

Al ser lo que somos, se da por sentado que no somos “aquello”. Somos de una determinada manera y no de otra. Reflexionar sobre estas cuestiones es más complejo que actuar y dejarnos ser de modo impensado.

Sólo los marginados, los oprimidos, los invalidados, los amputados, pueden llegar a quedar relegados de la comunicación. Este no-comunicar de ellos, es una terquedad de quienes se creen acreedores de lo ilimitado. Quienes viven en  ese contexto de agobia, permanecen en una constante indiferencia por parte de aquellos poderosos que obnubilan sus mentes. Intentar borrar del camino a quienes “no sirven al sistema” es uno de los mecanismos más siniestros y denigrantes del ser humano.

No dejemos que nos prohíban comunicar, no pretendamos imponer un personaje adverso. La autonomía es la mejor arma para poner colores y sutilezas a nuestro propio proyecto de ser y realizarnos. Si nos quedáramos sin comunicación, creo que se moriría la naturaleza humana, y con ella, toda la hermosura insondable del ambiente se volvería monocromática, oscura, congelada.

Por Melina Díaz

Comentarios(2)

Melina, me pareció muy interesante el artículo. Coincido en muchas de las cosas que planteas, especialemente la conclusión del artículo: muchas veces creemos que nos imponen situaciones, adversidades, condiciones desfavorables cuando en realidad somos nosotros mismos. No pasa por la posibilidad de acceder a los medios, a internet, etc. pasa por otro lado más profundo: nos instauran la idea que no podemos expresarnos, lo cual es mucho más cruel.
Una de las frase que escribis (“Intentar no comunicar, anuncia y significa aún más”) es muy imporante dentro del proceso de la comunicación: es un axioma fundamental. Rescato mucho a un gran pensador, no sólo de la comunicación, como lo es Watzlawick.
Felicitaciones!

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